EL CLAVO
Entre los muchos cuentos que mi abuelo se
inventaba y que hacían las delicias de pequeños y mayores, está “el
clavo” una historia que echó raíces en mi memoria.
Decía mi abuelo que a la muerte del Marqués de
Encinares, su hijo Don Ángel Villanueva Solís,
contrajo matrimonio Doña Inés Pérez Gil, joven de 20 años perteneciente
a la nobleza castellana, la boda se celebró en Madrid y los contrayentes fueron
a vivir al palacio de Casasola.
Lo primero que hizo el nuevo Marqués de Encinares,
fue despedir al mayordomo, prescindió de sus servicios sin darle ninguna
explicación.
Don Andrés de Mora Dulce, había sido durante más
de 25 años el mayordomo de palacio, (persona muy querida por los antiguos
marqueses).
Lo echó de palacio como si fuera un trasto viejo,
tras las lágrimas, juró vengarse del marquesito.
Una noche un desconocido le entrega un sobre con
el escudo de armas del Marqués de Encinares impreso, lo cual contrastaba con la
letra pueril que estaba escrito su nombre, lo abrió y encontró una copia del
testamento del Marqués donde decía que le cedía la propiedad de “un clavo” en
el comedor del palacio para colgar su sombrero cuantas veces quisiera.
Por fin podría saciar su insaciable sed de
venganza y sin esperar un momento pasó a la acción…
A las tantas de la noche se presentó en palacio
diciendo “vengo a colgar mi sombrero en el clavo de mi propiedad”. Y así noche
tras noche…
Hasta que en una de esas noches fue el propio
Marqués, el que tomo cartas en el asunto, le hizo pasar a su despacho y
sentados frente a frente le dijo:
Ud., solo es propietario de un clavo, no obstante
quiero ser generoso y comprárselo, por una cantidad imposible de rechazar, con
este dinero disfrutará de los años que le resten por vivir.
Hubo silencio y después contestó: No quiero su
dinero, solo quiero venganza, y la venganza no tiene precio.
El Marques se enfureció, “No le voy a consentir que
turbe el reposo de mi familia, cuelgue su sombrero y váyase y no vuelva jamás
por aquí”
Pero la cosa no era tan simple, salió y volvió a
llamar para colgar su sombrero, y así la
historia continuó hasta que el marqués claudicó.
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