El templario imaginario…
El templario imaginario de la barba azul y de los
ojos claros, no se sabe con certeza si este personaje es real o es fruto de la
imaginación.
Según la leyenda nació en un pueblo al sur de la
provincia de Badajoz, cuyo castillo estaba bajo protección de la orden del
temple.
Poseía un alma especial, y una enorme fuerza para
abrir la puerta de cualquier tormenta, poco a poco se fue curtiendo en mil
batallas.
En 1227 fue ordenado caballero y recibió el
mandato de ocultar y no revelar el lugar, donde estaba enterrado el becerrito
de oro.
Beltrán del Cerro que así se llamaba, era un guerrero valiente y disciplinado,
pertenecía a los pobres caballeros de Cristo llamados después caballeros del
templo.
En un viaje a Jerez de los Caballeros conoció a
una joven musulmana llamada Amina de la que quedó prendado, su extraordinaria
belleza cautivó al guerrero, ella era el
amor que en su imaginación estaba grabado, era el amor en forma pura, la pasión
le desbordó, y sucumbió a sus encantos.
Amina estaba al servicio de María de Portugal, que
se había desplazado allí por deseos del rey Alfonso XI que había iniciado
conversaciones para unirse a ella en matrimonio. Esta quedo prendada del
castillo y de las tierras colindantes y tuvo una idea brillante, pedírselo al
rey como dote de boda, pero antes debía expulsar de allí a los caballeros
templarios que estaban al mando de las operaciones militares, defendiendo las
posesiones del Rey Alfonso XI.
Se inicia un violento ataque con tanta fuerza que
la sangre corría murallas abajo con la mayoría de los caballeros templarios
decapitados. No corrió la misma suerte Beltrán del Cerro, con la ayuda de la
joven Amina, consigue un caballo y huye sin detenerse, con su corazón herido de
muerte…
El manto de la noche le alienta, a pedir un
milagro al cielo y descubre en los ojos del alba lágrimas de consuelo.
Después de un tiempo, alcanzó un estado de ansiedad insufrible, soñaba con ella, su afán por verla trastocaron su mente, nunca halló el camino de regreso a su memoria, su imaginación voló y sus recuerdos también y el templario imaginario de la barba azul y de los ojos claros, cayó con su calavera pegada al casco, con los ojos perdidos y el tiempo detenido en silencio total.
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