Las hijas de la Luna
El sol eclipsó a la luna en un eclipse de amor.
Fue un instante sagrado y único, donde el fuego solar y la plata lunar,
latiendo en la penumbra, se fundieron en un solo corazón. Testigos de aquel
romance prohibido fueron las asombradas estrellas y las rapaces nocturnas, que
observaban la danza sideral con sus ojos de farol. Y para asombro del
firmamento, de aquella unión en un parto sin dolor, nacieron dos mellizas como
regalos de Dios. Al unísono rompieron a llorar Alba y Aurora, llevando grabadas
en el alma la magia y el misterio del eclipse que les dio origen.
Alba, deidad del amanecer, nació con los ojos del
color del sol naciente, mientras Aurora, deidad del atardecer, creció brillante
como la estrella de la tarde. Ambas fueron educadas por Selene, la
anciana diosa guardiana de los secretos lunares, quien las acogió bajo su manto
estrellado. Selene sabía que aquel encargo no sería fácil, pues el romance de
los padres de las criaturas había desafiado todas las leyes del universo.
Bajo su tutela, durante
siglos las hermanas aprendieron a danzar en el lienzo celeste. Alba caminaba sobre las nubes del este,
disipando las sombras con su mirada dorada para traer la esperanza del nuevo
día. Al caer la jornada, Aurora ascendía al trono del oeste, extendiendo su
manto violáceo
de calma e infundiendo espacio místico para los sueños.
Con el paso de los siglos
Alba y Aurora se volvieron tan preciosas “dos gemas vivas” que su belleza era
conocida en todos los rincones planetarios, en cada uno de ellos se hablaba de
estas dos exultantes deidades. El cosmos había funcionado en perfecta armonía hasta que
comenzaron los viajes a la Luna de los soberanos del tejido estelar para hacerles
propuestas matrimoniales. Por fin las herederas encontraron a sus parejas para
consolidar dos reinos poderosos, pero opuestos.
Alba fue cortejada por Júpiter,
el soberano del Olimpo y señor del rayo. Su unión fue un estallido de poder.
Júpiter, fascinado por la luz vital de Alba, le regaló un trono forjado con
relámpagos azulados y plata estelar pura.
Ambos gobernaron juntos (El
Trono de la Mañana) fusionando la autoridad celestial
de Júpiter con
la esencia luminosa de Alba.
Ella aportó calidez a la
severidad de Júpiter, y él le otorgó el poder de moldear los cielos más
majestuosos.
Por otra parte,
Aurora y Venus
se unieron en El Templo de la Tarde. Su matrimonio fue un
romance silencioso, nacido en la penumbra. A diferencia de la demostración de
poder de Alba y Júpiter, esta alianza en el oeste celebraba la intimidad,
transformando los atardeceres en un santuario para los amantes y los soñadores.
Aunque ambos matrimonios trajeron un esplendor nunca visto, también entre ellos saltaron chispas. Júpiter, ambicioso y protector, comenzó a exigir que la luz del amanecer se extendiera más allá de sus fronteras para expandir su imperio, mientras que Venus, celosa de la intimidad de sus noches, empujaba las sombras de Aurora cada vez más temprano, dilatando las noches en un abrazo romántico e interminable.
El equilibrio del cosmos ahora pendía de un hilo,
y las dos hermanas “nacidas del mismo eclipse” se encontraban atrapadas entre
el amor a sus esposos y su deber con el universo.
Las consecuencias de este enfrentamiento, (el
capricho de los dioses), los estaba pagando la Tierra. El Imperio del Amanecer,
liderado por Júpiter provocaba que el sol naciera abrasador, secando
manantiales antes de que pudieran nutrir de agua a la tierra. Los campos de
cultivos bajo un cielo abrasador interminable se calcinaban…
Al contraataque, el Imperio de la Sombras,
liderado por Venus devoraba las luces del día cada vez más temprano, provocando
en la mitad del mundo una penumbra invernal interminable que marchitaba las
selvas y congelaba los ríos. El caos reinaba y la vida mortal agonizaba
mientras los dioses hacían su guerra.
Cuando todo estaba a punto de estallar, emergió la diosa Gea, (la madre de todo lo que existe). Brotó desde las profundidades del Caos y con un solo gesto frenó el colapso del Universo: Mientras una mitad del planeta ardía la otra mitad se cubría de hielo. Fue entonces cuando diosa Gea se alzó entre los dos tronos, tomó su primer aliento y con las manos de fuego y lluvia detuvo el tiempo.
Silenció el trueno de Júpiter, disipó las sombras
de Venus, y miró a las hijas de la Luna, Alba y Aurora. Las tomó de la mano
para recordarles que el cosmos no pertenecía a la
ambición ni a los celos, sino que el poder absoluto solo pertenece al orden del
universo.
Dictó un decreto sagrado
que ni los reyes del Olimpo ni las diosas del amor podrían quebrantar; a partir de ese momento, el tiempo se dividiría
en un ciclo simétrico e indefinido. A Júpiter le ordenó reinar en las horas de
luz alta, prohibiéndole tocar las fronteras de la tarde. A Venus le otorgó el
manto de la noche estrellada, pero con estricta condición de retirar sus
sombras antes de que el nuevo día naciera.
Nico Pozón Requejo 17.10.2026

