La espectadora
Un día gris se abría bajo la sombra del cielo.
Allí estaban ellos, los extremistas, junto al monumento del ángel negro. En lo
más alto de la escalinata apareció su líder, un ídolo de barro, dios hambriento
con ansia de poder y dinero. El desplante y la retórica del tirano desataban
vítores; su figura se vendía como un mal que todo lo cura… dura realidad.
Con ademán altivo, su dedo acusador se levantó
para señalar al culpable universal. El gentío rugió al unísono, gritos de odio
y palabras envenenadas resonaron por cada rincón, arrastrados por la imagen
difusa de la sinrazón.
Pero no todos pensaban igual. Unos ojos
permanecían atentos, firmes y en silencio sin unirse al coro de los violentos y
resistiendo a las hordas…
Allí estaba ella expectante, en un rincón
aguantando el chaparrón. Resguardada por su vieja gabardina y un pañuelo que le
cubría parte de la cara y el pelo, mantenía las manos hundidas en los
bolsillos, apretando un pañuelo para calmar los nervios. Sabía
que un paso en falso, un parpadeo o un gesto la delataría; bastaría un solo
error para convertirla en el chivo expiatorio de las masas. De pronto la
multitud rompió en un aplauso ensordecedor, el líder saboreaba su triunfo desde
lo alto de la escalinata.
Aprovechando la euforia del
gentío, ella dio un paso atrás, desapareciendo lentamente entre las sombras
mientras buscaba desesperadamente una vía de escape, la cual encontró en una
calle cercana. Nadie la vio marchar; dejó atrás el rugido de la sinrazón.
Mientras se alejaba, se desató el pañuelo del rostro y respiró ese aire nuevo
de libertad. La resistencia acababa de comenzar.
Nico Pozón Requejo 09.10.2026